CLICK ON THE PICTURE TO BUY FROM MY FAVORITE MEXICAN BOOKSTORE...

CLICK ON THE PICTURE TO BUY FROM MY FAVORITE MEXICAN BOOKSTORE...

Capítulo 1

¿Epigmenio no te quiere? Finges que te molesta un zapato, apagas el interruptor y listo: tú tampoco lo quieres.

¿Ramoncito necesita espacio? Jalas tu palanquita y lo pones en un cohete sin reversa a la estratosfera para que tenga todo el espacio que desee.

Imagina como sería tu vida si tuvieras un interruptor localizado en alguna parte discreta de tu anatomía —digamos que... en el tobillo, como un tatuaje— y que con solo apretar esta clavija, palanca o botoncito, eres capaz de controlar la pieza más incontrolable de tu cuerpo: tu corazón.

No sufrirías por lo que no conviene, no llorarías por lo que no pudo ser. Solo vivirías. Serías feliz.

Y ya que estamos imaginando, imagina también el efecto que tendría este llamado «interruptor de amor» sobre el resto de la humanidad.

DEL ESCRITORIO DE ÉRIKA LUNA 

*****Se evitarían cientos de suicidios y aún más homicidios.

*****El crimen pasional sería una leyenda urbana.

*****Todos seríamos capaces de abandonar relaciones abusivas, inconvenientes o carentes de magia.

*****Tendríamos más tiempo para ser felices y la energía para serlo.

Y cuando la persona a la que amas con la vida te dijera que ya no te quiere y te mandara al carajo sin más ni más, serías capaz de sonreír, desearle suerte y decir, «no hay mal que por bien no venga».

—Un millón de dólares —dije sosteniéndoles la mirada a pesar de los nervios. Martín abrió la boca como gato a punto de cambiar llanta, mientras que al gnomo liliputiense a su costado se le querían salir los ojos del rostro del asombro. Pero dejémoslos en el asombro por un momento mientras te pongo al tanto. Freeze frame, como dirían en el cine.

Me llamo Érika Luna, vivo en Miami y el hombre al que acabo de congelar es mi marido Martín. Hablo del hombre alto, de treinta y tantos años, pelo negro y lacio, espalda ancha y talante de ser dueño del mundo.

El pigmeo bigotudo a su lado es el licenciado Chávez, el abogado que contrató para divorciarse de mí. Y allí estábamos, en aquella oficina de paredes blancas y sosas, asientos de cuero y diplomas enmarcados, a punto de «negociar» el fin de siete años de matrimonio en contra de mi voluntad.

Cuando se hubo recuperado de la sorpresa, el licenciado Chávez, cuya función básica en la vida era servirle de garganta a mi marido, me miró condescendiente.

— ¿Pero, a cuenta de qué un millón de dólares? Lamento decirle que aunque pudiera probarla, la infidelidad no es ofensa castigable por ley en el estado de la Florida. Más bien, póngase difícil y nos aseguraremos de que la que tendrá que pagar un millón de dólares en honorarios legales será usted.

Mi abogada, que había pasado horas convenciéndome de que asustar a un hombre con una perdida sustancial de dinero es la mejor manera de hacer que desista del divorcio, interrumpió su coqueteo por un instante y, con el aire resuelto de quien cobra 250 pesos la hora, se levantó de la mesa de conferencias, caminó hacia la puerta y la abrió de par en par antes de contestar por mí:

—¿Me disculpan si no les permito intimidar a mi cliente en mi propia oficina? Ha sido un gusto. Tengan muy buenas tardes, caballeros, —dijo sonriendo seductoramente.

—Caramba, perdóneme usted a mí. Si la ofendí... fue ahora mismo —dijo el licenciado Chávez arqueando el cuello a 120 grados para fulminar a la licenciada Muñoz con toda la sensualidad de sus cinco pies, dos pulgadas de estatura.

—Disculpa aceptada, pero le apuesto lo que quiera a que cuando yo termine de escarbar en el último rincón de la vida de su cliente, lo que un juez le otorgara a esta mujer se acercará bastante a esa cifra. Si no me cree, salga por esa puerta y nos vemos en corte, —replicó ella de manera encantadora, por supuesto.

Pero fue Martín el que saltó como un resorte de colchón nuevo tan pronto se mencionó la palabra «juez».

—¿Sabes como se llama lo que estás haciendo? Extorsión, Erika. ¡Ex–tor-sión! —recalcó así, como si yo fuera retrasada mental.

—Y lo que has hecho tú, ¿cómo se llama? Ay, déjame ver... ¡Ya sé! ¡In-fi-de-li-dad! Po-ner-los-cuer-nos, po-ner los-cuer-nos...

—Claro. Hazte la víctima. Mira, es que si yo tuviera un millón de dólares, consideraría seriamente usarlos para contratar un asesino a sueldo —dijo exasperado.

¿Qué es lo que tú quieres, la casa? Ahí la tienes —añadió tirando un grueso manojo de llaves sobre la mesa—. ¿Qué más quieres? ¿El auto? Ten el maldito auto —dijo sacando otro par de llaves del bolsillo de su saco dejándolas caer sobre la mesa junto a las otras, creando un sonido angustioso como el que harían miles de pajaritos lanzados al aire sin saber volar aún.

—¿Así nada más? ¿De un día para otro? ¿Sin explicación? —pregunté sintiendo que me balanceaba en una cuerda floja entre el «aún te amo» y el «me cagas».

—Erika, llevamos ya un mes en esto. No es «de un día para otro».

Claro, para él un mes no era un día, comparado con siete años de matrimonio y otro de noviazgo. El hecho de que hubiésemos hecho el amor tres veces la noche antes de enterarme de que había tres personas en mi matrimonio, no calificaba ante sus ojos como el colmo de la ironía. Que cuando esto pasó estuviéramos en medio de extender la sala para achicar el family room y poder así remodelar la terraza, no le parecía a él razón suficiente para que me fuera extraño estarme divorciando un mes después, tal era su desespero por deshacerse de mí.

En silencio miré su rostro trigueño, sus ojos negrísimos rodeados ahora de una docena de iracundas venitas azules, su cabello sal y pimienta cortado a lo gladiador, en puntas, como en constante sorpresa.

Mirándolo recordé las cosas más simples de nuestra vida juntos: noches en las que veíamos televisión comiendo helado en pijama, riéndonos como tontos con Everybody Loves Raymond.

O su manera de decir: «No importa, negrita. Salimos a comer y listo», si me veía triste porque otra vez había insistido en realizar alguna gran producción culinaria, y otra vez la había quemado, ahumado o salado.

Ese era el Martín que yo conocía. Por él seguí buscando nosé que en su mirada, un gesto, alguna señal, algo de la vida feliz que creí tener junto a él, cualquier cosa que me perdítiera comprenderlo y perdonarlo. Nada.

CLICK ON THE PICTURE TO BUY FROM MY FAVORITE MEXICAN BOOKSTORE...

CLICK ON THE PICTURE TO BUY FROM MY FAVORITE MEXICAN BOOKSTORE...

Tomé las llaves y se las extendí sin dejar de mirarlo a los ojos. — ¿Quién eres? —logré decir al fin.

Martín evadió mi mirada. Tomando las llaves, miró su Rolex Submariner, con un solo gesto asumiendo su pose de hombre ocupado con mil cosas más importantes que yo.

—Mira, Erika, yo no soy psiquiatra. Si lo que tú quieres es hacer una carrera de esto, adelante. Francamente, yo no voy a seguir blah, blah, blah...

Ni sé que fue lo que dijo después de eso. Durante todo un mes, yo había estado luchando contra mi rabia, diciéndome a mí misma que un matrimonio que te hizo feliz por siete años no se tiraba a la basura al primer problema. Pasé noches enteras doblegando las ganas de atropellarlos a él y a ella con mi auto, varias veces, como hizo la dentista colombiana en Texas. Me dije que si yo lograba perdonar, todo se arreglaría. Pero pasaron los días y Martín nunca llegó a la casa arrepentido en una noche de lluvia. Ni llamó de madrugada solo porque me extrañaba. Ni siquiera me pidió perdón y era claro que no tenía intenciones de hacerlo.

¿Qué cómo me sentí? Como debió sentirse Mano de Piedra Durán cuando Sugar Ray Leonard le propinó el golpe que lo haría decir «No más». Mi cabeza repetía: «¿Qué dijo? ¿Qué cosa? ¿Una carrera de esta mierda que me está haciendo?», y comprendí lo que la gente quiere decir con eso de que se les «nubló la cabeza». ¿Cómo no? Si lo que tenía en la mía era una neblina capaz de accidentar a una aerolínea completa.

—¡Miiira, desgraciaaado! —dije lanzándole uno de mis zapatos de tacón plataforma—. Óyeme bien lo que te voy a decir, vómito de cucaracha vieja —zapato estrellado contra la pared—... maldita sea la hora en que naciste —pisa-papel del tamaño de un gato lanzado—, maldita la hora en que te conocí — gato pisa-papel estrellado sobre el pie de Martín—, y maldita...

—¡Erika, deja el espectáculo! —gritó Martín protegiéndose con su maletín y saltando sobre un solo pie para rescatar los papeles que había puesto sobre la mesa—. Muy científica... muy profesional para unas cosas, pero al final como las campe- sinas... si no la hace a la entrada, la hace a la salida.

—Campesina será tu madre, plasta de mieeerda fermentada, — grité—. Espérate a que yo termine contigo, que vas a tener que servirle de padrote de tiempo completo a la chancla con la que te estás acostando y, es más...

—Oye, Erika, no te permito...

Pero me lo permitió. Y me lo siguió permitiendo hasta mucho después que el licenciado Chávez amenazó con llamar a la policía. Seguí escupiendo los pulmones envueltos en insultos y malas palabras, aún cuando mi abogada insinuó que dejaría de representarme si no me sentaba y dejaba de gritar.

No me importó. Una maestría en ciencias químicas, pero bastaba que Martín me mirara como a un plato de comida vieja para que yo solo supiese gritar.

Y así seguí, gritando hasta que ambos hombres salieron corriendo despavoridos. Grité y grité hasta que me quedé sin voz y mi abogada tuvo la brillante idea de amenazarme con llamar a mi padre.

Entonces salí de allí y entré al baño de la primera cafetería que encontré. Sin pensar. Sin sentir. Nada. Ni el borde del lavabo. Ni el agua fría. Tampoco escuchaba sonido alguno fuera del que repetía, se fue... ya no está... se fue... ya no está, dentro de mi cabeza.

En el espejo, mi pelo café, largo y siempre rizo, estaba alborotado como si me hubiese peinado la estilista de Diana Ross en sus mejores tiempos. Mis labios, de por sí grandes, se habían hinchado tanto que parecían un charco de sangre purpúreo con una herida en el medio. Y mis ojos, normal- mente almendrados, habían adquirido una forma desraticeladamente aguada, salpicada de pequeñas, pero abundantes, grietitas rojas, claramente visibles, por entre los cristales de mis espejuelos de carey. «Lo siento», le dije a la del espejo, que lloraba un llanto enajenado, sin aire y dificultoso, como el de un bebé prematuro cuyas lágrimas parecieran asfixiarlo.

Después, cuando logré calmarme, pensé que Martín tenía razón. Yo era una mujer de ciencia. Una mujer de agrumentos, hechos y razón. No podía ser que un dolor de corazón tan común que sería un cliché, si no fuera porque me estaba pasando a mí, me convirtiera en una loca furiosa y sin remedio.

Salí del baño y pedí un café. La mesera ni reparó en mí, tan absorta estaba en su conversación con la compañera que hacía emparedados a su lado.

—Y entonces le dije, «Ven acá, mijito... ¿Qué te crees? ¿Qué soy un fast food window abierto las 24 horas para recibirte cuando a ti te conviene? No, señor. Te equivocaste.

—Y bien equivocado —asintió la otra—. Mejor sola que mal acompañada —añadió mientras le untaba mantequilla a seis tostadas de manera simultánea con una expresión que podía haber sido el espejo de la mía.

¿Sería posible? Si mi amiga Lola hubiese estado allí, me hubiese dicho que estaba atrayendo sin querer lo mismo que tenía por dentro. Tú sabes, las irradiaciones negativas y todas esas burradas.

Pero algo de cierto debía tener la teoría, porque durante los cuarenta y cinco minutos que me tomó beberme cuatro cafés y dos botellas de agua:

DEL ESCRITORIO DE ÉRIKA LUNA: 

*****Un joven que esperaba una empanada, le rogaba a su novia que le diera otra oportunidad, a través de un celular cuya conexión se caía cada dos minutos.

*****Una mujer embarazada se hacía la despistada con rostro de resignación, mientras el marido se viraba sin disimulo para mirarle las nalgas a una mujer que pidió un pan con bistec y una malteada.

*****Por lo menos cinco personas pasaron enfrente de la cafete- ría con el acelere automático de los aborrecidos y la misma mirada vacía cuyo reflejo me había hecho llorar en el baño una hora antes.

Demasiadas muestras de la mala sustancia, como dirían en mi trabajo. Quizás no era que estuviera atrayendo aquello por lo que estaba pasando. Quizás era que así estaba el mundo; lleno de corazones rotos, fallando por ahí, y yo sencillamente no me había percatado por estar muy ocupada viviendo en mi burbuja de hip yuppie love, localizada justo en el centro de una casa que siempre se estaba pintando, ampliando, decorando y mejorando.

Horas después, seguía conduciendo sin rumbo por Miami, alternando entre lugares concurridos y vacíos, entre una rabia despechada y una tristeza imbécil, pensando aún en la falta que le hacía al mundo un cabrón interruptor del mal amor.

Es una verdad asquerosa: el hecho de que alguien te rompa el alma no significa que automáticamente dejas de amarlo. Sigues amando, cargando con el casquibache de corazón que el hijo de puta de tu marido te partió sin lástima y sin anestesia. Sería casi la medianoche cuando conduje a la casa, estacioné y me quedé dentro del carro fantaseando que llevaba a cabo una mítica, pero no menos maquiavélica venganza, cuyos exquisitos detalles mi cerebro medio dormido ya no tenía la energía para crear. Me consolaba imaginando que al despertar podría crear un plan tan ingenioso, como en la película de James Bond, que sin duda me convertiría en la prócer de las esposas humilladas del mundo; líder absoluta de los «corazones partidos».

¡Ja! Ya vería Martín. Pasarían años antes de que los jodedores universales dejaran de susurrar mi nombre en los salones de billar, recordando con pavor la única otra ocasión en que un oscuro miembro del club, llamado John Bobbitt, los había arrastrado a todos hacia el desastre. Confortada por ese pensamiento, subí a la habitación, me tiré a la cama con todo y zapatos y creo que ya dormía antes de que mi cabeza llegara a la almohada.

El despecho es el más efectivo de los soporíferos y esa noche soñé que decenas de diminutos hombrecitos —con sus pequeños cerebros colgando entre sus piernas— intentaban en vano borrar mi nombre del gigantesco directorio internacional de las esposas olvidadas.

¡Gracias por leer Píldora del mal amor! Ojalá hayas disfrutado este capítulo. Puedes leer la versión en inglés aquí. También puedes ver fotos y videos de prensa de la Píldora en en DF en esta galería.  stas son las versiones en español para Estados Unidos y la version audiobook de Recorded Books, disponible en Amazón y leída por mí.

Screen Shot 2013-05-18 at 5.00.23 PM.png